José Antonio Turrado. Secretario general de ASAJA de Castilla y León
Se acaban de cumplir veinticinco años de la firma del acuerdo o tratado de nuestra integración en la entonces Comunidad Económica Europea y veinticuatro desde la incorporación real en materia de agricultura y ganadería, concretamente desde el 1 de julio de 1986, coincidiendo con el inicio de la campaña de comercialización agrícola. El campo siempre ha sido muy crítico con la forma en que se negoció el paquete agrícola, pues hemos tenido la sensación de que se cedió en esta materia para conseguir beneficios en otros sectores económicos. Tampoco nos ayudó nada a los agricultores el ministro de la época, el ínclito Carlos Romero, poco sobrado de luces y sectario como pocos hasta el extremo de enfrentarse a todas las organizaciones agrarias, incluidas las que le eran más próximas.
En este recorrido ha habido varias etapas. Hasta 1992, el año del Mercado Único, percibimos muy pocas ayudas, casi insignificantes, y por el contrario se manifestó con absoluta crudeza la política de mercados, al reducirse la intervención estatal y abrirse nuestras fronteras. Desde el 92 al 2000 se gozó de una cierta tranquilidad, ya que llegaron las ayudas directas a la vez que se sostuvieron los mercados en niveles superiores a los previstos, y paralelo a ello se aplicó una política de modernización del sector, en parte con dinero público, que nos convirtió en más competitivos. Y a partir del 2000, durante la última década, hay que hablar de recortes, de cambios de rumbo en la distribución de los recursos, de altos costes de producción y de caída de los precios, con la consiguiente disminución de la rentabilidad de las explotaciones.
Hoy, veinticuatro años después, los precios de los cereales han caído un 20,5 por ciento en moneda corriente y la leche ronda las mismas cotizaciones que entonces. Nuestros costes de producción como mínimo se han doblado y en algunos casos se han multiplicado por tres. Todo ello ha llevado a una sangría económica imposible de tapar con las ayudas públicas de la PAC y se ha permitido la “cuadratura del círculo” reduciendo cada año miles y miles de efectivos y aumentando la dimensión de las explotaciones. La política de trabajar lo mismo entre menos explotaciones ha funcionado hasta hace poco, pues ahora, produciendo con márgenes mínimos o en ocasiones a pérdidas, esta fórmula tampoco funciona.
Pero a pesar de todo, a pesar de los recortes y los cambios de rumbo de la PAC, en el sector agrario hemos conseguido ser más competitivos que nunca, no hemos abandonado nuestras ganaderías ni nuestros cultivos y hemos sustentado una industria agroalimentaria que genera riqueza y ofrece alimentos de calidad a la sociedad. Algo hemos contribuido al sostenimiento del medio ambiente, de la biodiversidad y a alargar la vida de nuestros pueblos, con toda su riqueza cultural y patrimonial. Así que, aunque nada más sea por esto, ha merecido la pena destinar recursos al campo, unos recursos que el agricultor ha recibido con una mano y los ha soltado con la otra dando de comer a mucha gente, incluso a los propietarios de las tierras que han cobrado puntualmente sus rentas.
Ahora, cuando se discute la nueva PAC para el periodo 2014/20, no está de más volver la vista atrás y analizar lo que se ha hecho bien y lo que ha fallado. Lo que ha estado bien, para qué cambiarlo; por el contrario, los errores no deberían de volver a cometerse.