Pregunta José María Castilla, director de la oficina de ASAJA ante la UE.
Si el agricultor no cobra más y el consumidor paga más, ¿quién hace negocio con la crisis?, se pregunta en este artículo José María Castilla, director de la oficina de ASAJA ante la UE.
Cada vez que el mundo entra en tensión, el campo vuelve a mirar con preocupación sus cuentas. Ocurrió con la pandemia, volvió a suceder con la guerra de Ucrania y ahora se repite con la escalada del conflicto en Oriente Medio y las nuevas tensiones comerciales internacionales.
En estos primeros días de tensión internacional ya se empieza a notar. Los agricultores advierten de subidas en los combustibles y de un incremento del precio de los fertilizantes, especialmente los nitrogenados. La producción de abonos depende de materias primas como el gas natural, el amoníaco o la urea, cuyo comercio y fabricación se ven afectados cada vez que se altera el equilibrio energético mundial.
Conviene recordar un dato que a menudo pasa desapercibido, que los fertilizantes representan aproximadamente el 15% de los costes de producción en muchas explotaciones. Un incremento sostenido en su precio puede marcar la diferencia entre mantener la viabilidad de una explotación o trabajar prácticamente sin margen.
Además, el problema no llega de cero. El precio de los abonos ya venía tensionándose en el último año, con subidas superiores al 12%, influido por decisiones regulatorias como los aranceles a fertilizantes procedentes de Rusia y Bielorrusia o por el nuevo Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM) de la Unión Europea. A ese escenario se suma ahora una nueva incertidumbre energética que amenaza con encarecer todavía más los insumos.

ENERGÍA COMO FACTOR DETERMINANTE. Si el precio del petróleo continúa al alza, el impacto terminará trasladándose a los surtidores. Diversos análisis apuntan a que, si el barril de Brent se mantiene en niveles cercanos a los actuales, el precio de los carburantes podría subir entre ocho y diez céntimos por litro en las próximas semanas. Puede parecer poco, pero para una explotación agrícola que depende del gasóleo para trabajar la tierra o transportar la producción, cada céntimo cuenta.
A todo ello se suma un elemento adicional: el comercio internacional. Las tensiones comerciales pueden terminar afectando a mercados estratégicos para la agroalimentación española, como el estadounidense, especialmente para productos emblemáticos como el vino o el aceite de oliva.
En medio de este escenario aparece una paradoja que se repite con demasiada frecuencia. Cuando suben los costes de producción, el agricultor y el ganadero rara vez pueden repercutir ese incremento en el precio que reciben. Sin embargo, el consumidor termina pagando alimentos más caros.
REFLEXIÓN. Si el productor no cobra más por lo que produce y el consumidor sí paga más por lo que compra, significa que en algún punto de la cadena el valor añadido se está quedando por el camino.
El campo soporta así la primera parte del impacto, con fertilizantes más caros, gasóleo más caro, energía más cara. Y cuando el precio final de los alimentos aumenta, el consumidor lo percibe en su cesta de la compra. Entre ambos extremos, la cadena alimentaria sigue funcionando con eficacia, aunque no siempre con una distribución del valor equilibrada. ¿Quién hace negocio con la crisis?
Por eso el sector agrario insiste en una idea sencilla: cuando se encarece producir alimentos, no solo se pone en riesgo la viabilidad de las explotaciones. También se tensiona el precio final que paga la sociedad.
Ante esta situación, es imprescindible que las instituciones europeas y nacionales actúen con rapidez. Reducir aranceles, revisar mecanismos regulatorios que encarecen los insumos o activar ayudas extraordinarias si la situación se agrava no son privilegios para el sector, sino medidas de sentido común para garantizar la producción de alimentos.
Porque conviene no olvidar algo esencial: sin agricultores y ganaderos no hay alimentos. Y sin un campo viable, la seguridad alimentaria deja de ser una certeza para convertirse en una preocupación.


