NUESTROS GANADEROS TRASHUMANTES

Me ha servido de reflexión el reciente reportaje que firmaba en este periódico su colaborador, Toño Morala, sobre las labores de esquileo en la majada de Aníbal, en Malillos de los Oteros.

NUESTROS GANADEROS TRASHUMANTES
 
Me ha servido de reflexión el reciente reportaje que firmaba en este periódico su colaborador, Toño Morala, sobre las labores de esquileo en la majada de Aníbal, en Malillos de los Oteros. Cierto que decenas de montañeses, sobre todo de Babia, llevan décadas moviendo sus ovejas entre los puertos de montaña de sus pueblos y los asentamientos de invierno en las vegas leonesas, una vez abandonada la trashumancia. Como cierto es que estos ganaderos, de facto, han ido trasladando sus domicilios al páramo y las vegas, donde han criado a sus hijos, y cada vez son menos los que suben a los puertos y además permanecen allí por menos tiempo. Porque la vida en estos pueblos de alta montaña es dura para el ganadero y  para el ganado, y es particularmente dura cuando las administraciones no les defienden, cuando legislan en su contra y escatiman apoyos económicos que deberían servir para compensar en parte las desventajas naturales.
 
En tiempos en los que se habla tanto de la deslocalización de las empresas, la deslocalización empezó en nuestra provincia, empezó en León. Se deslocalizó la producción de ovino que abandonó la montaña para situarse en los páramos y riberas, y poco después, en una muerte lenta, se fue deslocalizando la producción de leche de vaca dejando la montaña y tomando el relevo los productores de otros territorios que aumentaron su producción comprándole sus cupos o derechos productivos. Aquellos ganaderos de ovejas que nacieron y tienen sus raíces en la montaña leonesa, a buen seguro no cambiarían su pueblo por ningún otro lugar del mundo, y es más, seguro que sienten una atracción especial para subir cada año a los puertos con sus rebaños. Pero dicho esto, suben con sus reses los que no tienen pastos suficientes en las vegas en los meses de verano, porque los que pueden, se quedan pastoreando praderas y rastrojos y prefieren las tierras llanas a matarse por entre las peñas, aunque se pongan negros como titos bajo ese sol de justicia que pega en agosto en Los Oteros. Porque las cosas son como son, y en estos pueblos de nuestra montaña, con paisajes increíbles y muy buena gente, sólo viven bien los que van de fin de semana, viven bien los ricos, no los trabajadores.
 
Artículo de opinión de José Antonio Turrado publicado en La Crónica del viernes 31 de mayo de 2013.