Ayer no llegaron miles de cabezas de ganado caballar al mercado de ganados de León con motivo de la feria de San Andrés. Tampoco hubo decenas de tratantes, ni centenares de ganaderos, ni tan siquiera de curiosos o de esos jubilados del campo que pasan su vejez en la capital y a los que por lo general le gustan estas cosas. Los mercados de ganados, también el de los caballos de San Andrés, han venido a menos hasta el punto de que se han convertido en algo testimonial y en retroceso permanente hasta su extinción. La mayoría de nuestros ganaderos ya no han conocido el “trato” en los mercados como práctica habitual para la compra venta del ganado, pues lo habitual es la venta en la propia explotación utilizando la figura del tratante o intermediario – en esto las cosas han cambiado poco-, y en algunos de los casos gestionando las ventas de forma colectiva o agrupada desde las estructuras cooperativas. Entiendo que los intereses del ganadero se defienden mejor vendiendo en la propia explotación que vendiendo en el mercado, y sobre todo cuando el mercado de animales para vida, para venta entre particulares, se ha reducido muchísimo. No tiene sentido que unos animales que van a sacrificio a matadero hagan escala en un mercado, con todas las implicaciones que ello tiene desde el punto de vista económico y sanitario. Pero además de que esto desaparece porque han cambiado los tiempos para este comercio, también desaparece porque las administraciones no han apoyado los mercados y por el contrario han puesto todo tipo de pegas. Las estrictas normas de bienestar animal, de identificación y transporte de animales, las restricciones por razones sanitarias, y la necesidad de adaptarse a una burocracia pesada y absurda, no han jugado tampoco a favor. Y es más, hasta Hacienda se ha confabulado para acabar con los mercados al impedir transacciones económicas en metálico para operaciones de más de dos mil euros, por lo que, en aras a la legalidad, no se le puede vender una piara de caballos al tratante que paga con el fajo de billetes

Artículo de opinión de José Antonio Turrado publicado en La Nueva Crónica del viernes 1 de diciembre de 2017.

 

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