Toca hoy opinar sobre la profesión veterinaria, un cuerpo al que pertenezco como no ejerciente, aprovechando las fechas del patrono San Francisco de Asís. Esta profesión ha evolucionado en las últimas tres décadas al menos con tanta intensidad como ha evolucionado el sector ganadero, lo que sin duda ha requerido de una adaptación cuyo eje central es la especialización. El veterinario clínico no es ya un licenciado que nada más acabar la carrera se compra un coche que llena de instrumental y medicamentos y se dedica a pasar consulta por las numerosas cuadras que había en casi todos los pueblos de la provincia, que es a lo que la mayoría aspirábamos. La medicina veterinaria se ha especializado tanto como permite la ciencia, sin más limitación que el valor afectivo o económico del animal que se trata, quizás una de las principales diferencias con la medicina humana. Hoy el veterinario clínico recurre paras sus diagnósticos a los análisis de laboratorio, y recurre a los aparatos más sofisticados de resolución por imágenes, y tiene que dar soluciones médicas o quirúrgicas que antes no se hacían por razones de economía ganadera, pero razones que ya no son tales cuando se trata de animales de compañía que unen por lazos afectivos. Profundizar en los diagnósticos y en los tratamientos exige especialidades, diferenciando al veterinario generalista de aquellos otros que se centran en áreas concretas de la medicina animal, algo que años antes se ha puesto en práctica en la medicina humana. Otro cambio destacadísimo ha sido dar más importancia a las labores de prevención de la enfermedad, fundamental en las grandes explotaciones y sobre todo de ganaderías intensivas, así como dar más importancia a cuestiones de gestión, manejo, alimentación y reproducción. Ese ojo clínico que era la principal herramienta del veterinario, como en su día lo fue del médico de pueblo, y que se mejoraba con el conocimiento y la experiencia, hoy casi se sustituye por esas pruebas complementarias que son rápidas y casi siempre certeras.
*Artículo de opinión de José Antonio Turrado publicado en La Nueva Crónica del viernes 4 de octubre de 2019.
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