Las empresas promotoras de proyectos fotovoltaicos recorren los pueblos de la provincia buscando terrenos para instalar parques de energía fotovoltaica, y lo hacen con desigual éxito. No vale cualquier terreno, sino aquellos próximos a grandes centros de transformación a los que autoriza el enganche la compañía pública Red Eléctrica, y no es lo mismo desprenderse de tierras en los yermos montes de la Cepeda, que hacerlo en los modernos regadíos del Páramo, por poner dos ejemplos extremos. Las empresas han comenzado por los terrenos públicos, de juntas vecinales o ayuntamientos, ya que estas entidades poseen fincas de mayor tamaño, y aquí el obstáculo que están encontrando son los compromisos previos con agricultores, los procesos largos y complicados para formalizar contratos públicos que siempre puede haber quién los impugne, y con la sensibilidad que todavía tienen algunos pedáneos para preferir vecinos que puedan seguir viviendo del campo, a vecinos en el paro a cambio de que la junta vecinal se haga rica para malgastar los recursos en las fiestas de verano, cuando no para que se convierta en un golfo el presidente que tome el relevo en la legislatura siguiente. Cuando el promotor de las fotovoltaicas recurre a las fincas de particulares, a pesar de ofrecer importes teóricamente superiores a la rentabilidad agraria, se encuentra todavía con más obstáculos, como son los contratos de arrendamiento no vencidos y, lo que es peor, una atomización de la propiedad que hace imposible el entendimiento. Estamos hablando de proyectos que pretenden concentrar en una sola pieza cientos de hectáreas, algo difícil cuando la media de la propiedad en la provincia es de unas tres hectáreas por titular catastral, y a su vez repartidas en varias fincas. Los promotores de estos proyectos, que lo quieren todo para ayer para empezar a recoger unos hipotéticos pingües beneficios, no entienden que ni tirando de chequera sea tan difícil hacerse con mil hectáreas para sembrarlas de placas solares y comenzar a producir una energía del futuro.
*Artículo de opinión de José Antonio Turrado publicado en La Nueva Crónica del viernes 22 de noviembre de 2019.
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