Donaciano Dujo. Presidente de ASAJA de Castilla y León
A lo largo de 2025, y todavía con más intensidad, en lo que llevamos de 2026 con la crisis desatada por la guerra en Oriente Medio, la máxima preocupación del campo y por tanto de ASAJA han sido los elevados costes de producción del sector, imposible de ser compensados por los bajos precios que percibimos. En resumen, falta de rentabilidad, aun cuando se obtenga una buena cosecha. La otra gran preocupación, constante en este tiempo, han sido las enfermedades de la cabaña ganadera, que han golpeado especialmente al vacuno, porcino y avícola. Estos dos grandes problemas no han terminado, sigue el descalabro en las cotizaciones de insumos como el gasóleo o el fertilizante, y en lo referente a la sanidad animal, con la llegada de la primavera y la subida de las temperaturas los vectores de contagio principales, los insectos, representan mayor peligro.
Sin embargo, en la segunda quincena de marzo, se sumaba una amenaza más, imprevista porque no obedece a una lógica de producciones ni mercados: la bajada de aproximadamente un 14% en el precio de la leche de vaca. Hoy, ganaderos de leche de vaca en Castilla y León hay unos 585, y en toda España apenas 8.700. Nuestra comunidad es la segunda en producción -superada por Galicia-, y la cuarta en número de explotaciones -tienen más Galicia, Asturias y Cantabria, pero en general menos dimensionadas-. La producción media por granja en Castilla y León está en unas 1.600 toneladas al año.
En apenas una década, somos la mitad de ganaderos de leche, pero más profesionales, y por eso se mantiene la producción. Aun así, España sigue siendo deficitaria, las 7.500.000 toneladas que producimos no cubren todo el consumo, un 20% superior. Hace poco la propia industria lanzaba mensajes para animar la producción nacional, ante el temor de verse desabastecida. Pero ahora ha visto la oportunidad de traer leche de países de nuestro entorno que son excedentarios, Francia principalmente, para presionar a la baja los precios en España.
La caída impuesta ahora descalabra la rentabilidad de las explotaciones de leche. Los ganaderos habían podido mantener cierto equilibrio en estos dos últimos años, no porque el precio de la leche estuviera para tirar cohetes, sino porque la alimentación, para desgracia de los agricultores, ha estado bastante barata. No es que nos sorprenda, porque esta forma de actuar abusiva es marca de la casa: la industria lo ha vuelto a hacer, y basta que se pongan de acuerdo media docena de grandes compradores de leche para hundir a cientos de ganaderos.
Los países de nuestro entorno tienen mayor producción de leche que consumo. La industria española ha visto un filón para ganar más dinero a través de la compra de leche barata europea, cisternas que llegan llenas de leche, mucha desnatada, de gran consumo en España. Para los franceses, cualquier infraprecio está bien, porque es un excedente, pero para nosotros es directamente la ruina.
Las medidas de presión del sector y de las propias organizaciones agrarias por ahora han movido muy poco, esa es la verdad. El ministerio no nos ha hecho ni caso, y la comunidad autónoma está en funciones, así que no sabemos si moverá algo. Debería ser una de las primeras tareas del nuevo consejero o consejera: vigilar a las industrias que ponen el logotipo de Tierra de Sabor o se acogen a ayudas regionales y luego acaparan materia prima de fuera.
La industria ha actuado con ruindad y tácticas abusivas. Saben que una manifestación de ganaderos de leche, pocos y dispersos, y siempre muy ocupados, es difícil de llevar a término. Les han puesto entre la espada y la pared: o firmas el contrato que impongo, o tiras la leche. Y tirar 5.000 litros al día es una medida dolorosa e incluso complicada de llevar a término. De este modo, la industria gana rentabilidad que pagan los ganaderos, que tendrán que volver a reestructurar, con abandono o venta de vacas. Y luego, vendrán de nuevo las fábricas con sus lamentos de que hay menos producción. Antes y después, los platos rotos los pagarán los consumidores, pero eso a la industria y la distribución les importa muy poco.
Desde ASAJA Castilla y León, seguiremos denunciando estos abusos. Los contratos ahora firmados tienen una vigencia de tres meses. Las administraciones tienen que comprender la gravedad del momento, y forzar a que la industria recapacite, por las buenas o las menos buenas. Los ganaderos no son elásticos, no pueden soportar más presiones de una industria acostumbrada a tensar la cuerda en su beneficio. Estamos en el límite del sostenimiento productivo, seguir reduciendo las explotaciones es ya un camino sin retorno.


