Ahora que se debate la PAC del futuro y dicen los políticos que quieren adaptarla a la realidad de los territorios, es el momento de hacer una política específica para las zonas periféricas y de montaña de Castilla y León.

José Antonio Turrado. Secretario general ASAJA CyL
José Antonio Turrado, secretario general de Asaja Castilla y León
José Antonio Turrado, secretario general de Asaja Castilla y León

En la visita que recientemente ha hecho a Castilla y León, el ministro de Agricultura, Luis Planas, se reunió de forma institucional con el presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, y hablaron sobre todo de la PAC del futuro, como no podía ser de otra manera. No corresponde al presidente de la Junta entrar en detalles sobre la arquitectura de la nueva PAC, pues ese papel recae en el consejero del ramo, por lo que se limitó a hacer los grandes planteamientos, entre otros pedir que “no se produzcan desequilibrios territoriales”. Nada que objetar, salvo indicar que esos desequilibrios no se produzcan tampoco en clave interna, es decir, entre los distintos territorios de nuestra autonomía. Y si está bien poner la venda antes de la herida para evitar esos futuros desequilibrios, no es menos importante aprovechar los cambios para corregir desequilibrios que se vienen sucediendo de etapas anteriores.

Estoy seguro de que si abrimos la caja de los agravios todos tenemos los nuestros, y en el campo que nos movemos a buen seguro hay tantos como agricultores. Pero en esta ocasión quiero referirme a los agravios que padecen los agricultores y ganaderos que viven en la periferia de Castilla y León, y que suele coincidir con territorios con una complicada orografía montañosa. Son las zonas más despobladas y envejecidas, con peores servicios públicos, con escasísimas alternativas de empleo, con una distancia geográfica que provoca aislamiento social, condicionados muchas veces por una estricta normativa medioambiental, y olvidados de los políticos de todo color y condición. En lo que a nosotros nos ocupa, en la agricultura y la ganadería, la agricultura es marginal, y la ganadería se enfrenta cada día a un clima más duro y a una gestión difícil por el minifundismo y la escasa productividad de los pastos, a la amenaza de la fauna salvaje y a enfermedades que no conseguimos erradicar.

Es evidente que en los treinta y cinco años que llevamos ya de incorporación en la Unión Europea, con sucesivas reformas de la PAC, estos territorios no se han sido bien tratados, no se ha apostado por su modelo de desarrollo ni por otro mejor que lo sustituya, y les toca ver cómo cada año es mayor la brecha que les separa respecto de otros que no tienen el condicionante de la periferia y la montaña. No se ha atendido el precepto Constitucional (Artículo 130) de dispensar un tratamiento especial a las zonas de montaña, y la desidia de los distintos gobiernos llevó a enterrar ya desde el alumbramiento la Ley de Agricultura de Montaña que se promulgó en la transición política.

Ahora que se debate la PAC del futuro en un contexto en el que los diferentes países tendrán margen de maniobra para adaptarla a la realidad de los distintos territorios, sin el encorsetamiento que en otras ocasiones marcaban los reglamentos, es el momento de corregir esos desequilibrios territoriales que le preocupan al presidente Mañueco, es el momento de hacer una política para los ganaderos del extrarradio de Castilla y León. Sé que es difícil conseguirlo, pues poco preocupan a los políticos los que mueven pocos votos,  y sé que es difícil también porque para conseguir cosas importantes hay que lucharlo desde el convencimiento y estar muy unidos, y estos ganaderos, precisamente porque residen en zonas periféricas, no son el colectivo más organizado.

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