Celedonio Sanz Gil

El sector agrario sigue perdido en el relato de la actualidad, en los medios de comunicación y en la nueva realidad que configuran las redes sociales. La causa es muy clara: en el campo hay poca gente y es poco comunicativa. Los que más hablan, los que más chillan, les han comido la tostada totalmente y ya es imposible darle la vuelta.

Ahora que en España parece haber pasado lo peor de la pandemia provocada por el covid-19 hay aplausos y recordatorios de agradecimiento y la gente se acuerda del trabajo solidario de los sanitarios, de los cuerpos de seguridad, de los empleados de supermercados… pero pocos incluyen a los hombres y mujeres del campo que siguieron trabajando para abastecer a la industria agroalimentaria, a las cadenas de distribución y a los mercados.

Los agricultores han pasado al lado oscuro de la consideración social, se les considera culpables porque los nuevos brotes surgen en zonas en que se realiza la recolección de diferentes producciones y se les acusa de mantener a malas condiciones a los trabajadores, de explotarlos, algunos incluso han osado hablar de nueva esclavitud, y se azuza a los inspectores de Trabajo para que levanten actas y sancionen.

En ningún lugar aparece que el retroceso de la demanda, paralizada por el confinamiento, ha afectado de lleno al sector agrario, que está pasando uno de los peores momentos de su historia. A todos sus problemas estructurales se une esta coyuntura que no deja sector tranquilo, ni las frutas y hortalizas, machacadas por importaciones de países terceros, con dumping social, ni el vino, ni el aceite, ni el vacuno, ni el ovino y, por supuesto, tampoco el cereal.

Los precios irrisorios que se anuncian en las lonjas y que se pagan por el grano de la nueva cosecha son la exposición palpable de que con el campo se ha perdido todo el respeto y toda la vergüenza.

Ayudas móviles

Sin embargo, frente a esta realidad, en los medios de comunicación aparecen todos los días cifras de ayudas para los diversos sectores productivos, centradas en los jóvenes y en campañas para incentivar el consumo, incluso para la compra de maquinaria. A nadie se le explica que la mayor parte de todas esas ayudas que se anuncian desde organismos oficiales no son de dinero “nuevo”, de aportaciones de otro presupuesto. No, son fondos de la Política Agraria Común que se reorganizan, que se reorientan, pero que se quitan al propio sector agrario, que van de un lugar a otro. Por ejemplo, esos 7.000 euros que se anuncian para los jóvenes y hasta 40.000 para las cooperativas. Todas las campañas de consumo son financiadas con fondos de la PAC ya establecidos. Nadie dice, otro ejemplo, que los fondos destinados a fomentar la compra de maquinaria agrícola se acabaron en solo tres días y en muchas comunidades ni se ha podido acceder al programa habilitado para solicitarlas.

En el nuevo Fondo para la Reactivación Económica, que se está negociando poner en marcha en España, al sector agrario solo se le quiere destinar el 2 por ciento del total, y habrá que ver en qué condiciones porque lo más probable es que la mayor parte vaya a la industria agroalimentaria y los productores de nuevo vean pasar el dinero. Los gobiernos autónomos y los Ayuntamientos anuncian medidas para ayudar a autónomos y pymes, pero los agricultores y ganaderos no encajan.

Cuando se habla del campo al final siempre se llega al paraguas de la PAC y con eso se piensa que ya está bastante protegido. Nadie parece darse cuenta de que la PAC es cada vez menos agraria. El recorte presupuestario continuado y el empeño de construir lo que se ha dado en llamar la “Europa verde”, con estrategias como esa “del campo a la mesa”, está dinamitando las coberturas con que contaban los agricultores y ganaderos.

Renta mínima

Hay que decirlo bien alto. Hoy las ayudas de la PAC son un ingreso más pero no garantizan en absoluto una renta mínima de supervivencia para los profesionales del campo. No alcanzan, ni con mucho ese Ingreso Mínimo Vital que se ha puesto ahora en marcha en España.

Los agricultores y ganaderos, en todos los lugares, en todas las manifestaciones, siguen pidiendo precios justos por sus productos, algo que era un punto fundamental en el funcionamiento originario de la PAC y ahora parece haberse olvidado. Los mecanismos de mercado no sirven. Entran productos de países terceros por acuerdo o motivaciones de índole política, sin que los productores autóctonos puedan decir nada. Cuando hay un exceso de oferta los mecanismos de almacenamiento para recortarla llegan tarde y en cantidades tan nimias que no se perciben sus efectos.

Mientras los políticos en Bruselas siguen empeñados en librar sus propias batallas que no conducen a nada. En el Parlamente Europeo, los miembros de la Comisión de Agricultura se enfadan con los de la Comisión de Medio Ambiente y se paralizan los informes y las medidas que deben ponerse en común. A ellos nadie les suspende sus magros sueldos, sus dietas y demás privilegios.

Los pueblos se llenarán este verano, porque a la gente le da más confianza ir a su segunda residencia, y esta multiplicación de población volverá a traer protestas y problemas con los agricultores y los ganaderos. Habrá quejas por el ruido o por los olores, por el agua de boca o por la luz cara y escasa, y los volverán a señalar a los productores agrarios como culpables.

En estos parámetros de vida que nos llegan, lo que algunos llaman “nueva normalidad”, los agricultores y ganaderos tendrán que seguir sembrando y cuidando al ganado, manteniendo vivos los pueblos, alimentando a la sociedad y a la misma naturaleza. El campo queda fuera de todos los agradecimientos y los mensajes que más suenan siguen queriendo enfrentar al campo con el medio ambiente, cuando en un relato real habría que agradecer al campo mantener la vida frente a la muerte de la soledad y el abandono que esta pandemia nos ha hecho mirar de frente.

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