Donaciano Dujo. Presidente de ASAJA Castilla y León

Mientras en el mundo todo gira alrededor de la pandemia, en el campo seguimos marcados por ciclos de la naturaleza. Como siempre, el fin del verano se enlaza con el inicio de la siguiente campaña, con la nueva sementera 2020-2021. Ni nos callamos cuando hay sequía y la cosecha es catastrófica, ni ahora dejamos de reconocer lo que está a la vista, que ésta ha sido una cosecha con buenas producciones, aunque también con fuertes costes, especialmente en tratamiento. Además, hay que destacar las fuertes caídas de los precios, injustificadas cuando en otros países ha habido mala cosecha y no sobra cereal en los mercados internacionales. Cada verano, los agricultores tenemos una doble tarea: recoger el grano, y resistir los cantos de sirena de los intermediarios, deseosos de acaparar cereal a precios irrisorios. Eso sí, cuando llegan las sequías, como en 2017, esos mismos intermediarios se aferran a los mercados internacionales para no subir un céntimo los precios que pagan. En fin, ya nos conocemos demasiado bien todos.

Dicen que el dinero no da la felicidad, y mucho tiene de cierto. Pero esta etapa negra para nuestra historia vemos cómo ni somos felices, ni tenemos dinero. Nosotros hemos seguido trabajando y produciendo, pero las dificultades para vender lo nuestro son muy grandes, y sobre todo afectan a las producciones que hasta hace bien pocos meses eran las más valoradas: carnes, vinos, hortícolas… Cuando irrumpió el coronavirus en marzo no podíamos imaginar que la excepcionalidad se fuera a prolongar tanto. Pusimos nuestras esperanzas en el verano, porque parecía que con el calor se frenaría y se recuperaría la vida “normal” y el consumo. Pero el virus ha seguido golpeando. Este verano de 2020 pasará a la historia como el más duro para todos nosotros.

Es cierto que en los pueblos ha habido gente, los que tenemos casa todo el año y muchos otros que emigraron y han vuelto a refugiarse unas semanas en las viviendas que fueran de sus padres. Con todo, el ambiente no se ha parecido en nada al de otros veranos. En las calles se ha visto poca gente, se han compartido pocos espacios comunes, y casi toda la vida se ha hecho de puertas o muros para dentro. Todos hemos pagado una factura. Una factura muy alta para los mayores, a los que les cuesta comprender que ahora no puedan apenas acercarse o abrazar a sus hijos y nietos. También ha sido un verano muy diferente para los más jóvenes. Ha sido lógicamente a los que más se les veía, pero las posibilidades de diversión han sido menos, con menos alternativas de ocio que nunca, y sin saber cómo comenzará el curso escolar. Y los de mediana edad, hemos estado sobre todo resignados, aceptando esta situación tan extraña, que te impide hasta acercarte a los amigos y parientes y estrecharles la mano o darles un abrazo.

Tras este verano inédito, comenzaremos un nuevo año agrícola, el primero post Covid-19. Preparar las tierras, elegir semilla y producciones, tratar de organizar lo mejor posible la explotación agrícola y ganadera, teniendo en cuenta las limitaciones actuales y que el mercado es más complejo que nunca. Muchas veces nos quejamos de los perjuicios de una excesiva globalización, pero esta vez la exportación va a ser fundamental para lograr dar salida a parte de nuestras producciones, especialmente la carne y el vino. Nos importa mucho cómo avance España, y también cómo lo haga el resto de países. Todo es nuevo, y hay que aprender y reaccionar deprisa. Nuestros políticos tienen que ser los que tiren del carro para conseguir abrir nuevos mercados, no basta con anunciar ayudas que no llegan o que son tiritas que no pueden contener la hemorragia.

Todos confiamos en que los científicos encuentren más pronto que tarde una vacuna que permita salir de este hoyo en el que nos encontramos. Así será, estoy convencido. Pero mientras, habrá que trabajar. Porque como dice el refrán, las cosas avanzan cuando estamos rogando, pero a la vez con el mazo dando.

 

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