La situación actual del sector agrario es, cuando menos, de incertidumbre. Y mira que hemos tenido momentos complicados, pero ahora se
juntan muchas circunstancias que lo hacen mucho más difícil.

Llevábamos unos cuantos meses peleando para conseguir que la deriva de la UE no se cebara con el presupuesto dedicado a garantizar la soberanía alimentaria y dotara de una cuantía suficiente destinada a la PAC dentro del marco presupuestario.

Pese a ese esfuerzo por convencer a la Comisión de esa necesidad, nos encontramos con la peor propuesta posible: una reducción de más de un 20 % y sin blindar la partida para el sector, por lo que estaría por ver dónde acaba esa dotación.

Un día sí y otro también nos despertamos con que el “nominado al Nobel de la Paz”, el actual presidente de EEUU, revisa la lista de aranceles, que casualmente siempre recaen sobre los productos agrarios, poniendo en vilo las exportaciones.

También llevamos muchos años intentando frenar un acuerdo comercial, Mercosur-UE, malo para el sector agrario por la forma de plantearlo principalmente, al no tener en cuenta las diferentes formas de producir, sin los mismos requisitos ni controles. Si eso fuese poco, nos acaban de colar el de India, Australia y Nueva Zelanda, Marruecos o el Sáhara, que en principio no afectan a grandes partidas agrarias, cada uno por separado, pero cuya suma sí seguirá restando peso a nuestra soberanía alimentaria.

A esto se le suma la inestabilidad política global, con los conflictos internacionales, la guerra de Ucrania, que ya damos por normalizada, y recientemente la guerra de EEUU contra Irán. Creo que nadie pensó que nos afectaría tanto, ni tan siquiera quien lo originó, el mismísimo Trump, que se ha metido en un charco del que nos costará salir a todos.

Esta escalada bélica, que nos pilla tan lejana en el mapa, nos vuelve a demostrar la dependencia que tenemos de determinados productos y lo mucho que nos puede costar estar sometidos a lo que otros Estados decidan.

Ser dependientes de la energía nos viene pasando factura constantemente. En el momento actual, lo que parece un punto perdido en el mapa, el estrecho de Ormuz, se convierte de un día para otro en el detonante final de la quiebra de muchos sectores económicos, muy especialmente del agrario, por tener doble dependencia de los productos derivados del petróleo: combustible y fertilizantes.

Aprovecho una vez más para exigir a nuestra Europa que no siga forzando esa deriva del sector agrario que, a día de hoy, es capaz de abastecer la primera necesidad europea, que es la de comer cada día. Porque, de lo contrario, nos pasará como con la energía: mañana comeremos lo que el Trump de turno quiera que comamos, claro, si podemos pagarlo.

Y a todo esto se le suma la inestabilidad política nacional, con el Gobierno nacional solo preocupado en salvar sus sillones y mantenerse en el puesto el año que le queda de legislatura, y los diferentes gobiernos autonómicos —Extremadura, Aragón o Castilla y León— , a quienes se les olvida que, después del proceso electoral, toca gobernar, dejar atrás los enredos y dejar de pensar qué beneficio político les supondrá alcanzar acuerdos o rechazarlos, hacerlo ahora o dentro de un mes porque a la vuelta de la esquina están las elecciones de tal o cual lugar.

Cada momento que los partidos políticos pierden, en lugar de dedicar todo su tiempo a solucionar los problemas de los ciudadanos, y lo invierten en hacer cálculos sobre posibles alianzas, pendientes de las próximas elecciones, nos deja claro de quién se están ocupando realmente: es decir, de sus sillones o de su forma de vida, en la mayoría de los casos.