Cuando solo quedan piedras y recuerdos

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El libro “Pueblos fantasma de Zamora”, de Jairo Prieto Fernández, recorre núcleos desaparecidos de la provincia.

C.R./ Teresa Sanz Nieto

Donde otros solo ven abandono y piedras, Jairo rescata los recuerdos de los que allí vivieron. Como él apunta, traer a la memoria algo que permanece olvidado de alguna manera le da vida. Empezó poco a poco, rastreando pueblos desaparecidos de la zona donde vive, Sanabria y la Carballeda. Publicaba los artículos mensualmente en una revista, Mercado de Sanabria, y también los ofrecía en una cuenta de Facebook que hoy siguen con interés cerca de 1.400 personas; algunas de ellas antiguos vecinos que han reconocido en esas fotos el tejado hundido de la casa de su niñez, o cómo sigue creciendo salvaje el rosal que plantaron en su juventud.

Hace unos días, Jairo Prieto Fernández presentaba el volumen que recoge la historia de 43 de esos municipios desaparecidos y despoblados de la provincia, bajo un inquietante título “Pueblos fantasma de Zamora”. Son todos los que están, pero no están todos los que son: “el mismo día de la presentación me hablaron de otros pueblos desaparecidos, y también hay una veintena que están cerca de desaparecer, porque apenas quedan vecinos, como Dornillas, donde en los meses fríos solo vive una señora”, apunta Jairo.

La despoblación no es un asunto nuevo en nuestra historia. Del siglo XVIII hacia atrás, la principal causa de desaparición de una aldea era que una epidemia esquilmara a su población. “La peste es el origen de leyendas sobre pueblos que comenzaron a calificarse como malditos, para que nadie se acercara a ellos”, explica Jairo. En los siglos XIX y XX, la emigración del campo a la ciudad se convirtió en el motivo del abandono de muchos municipios. También se recogen en el libro los casos puntuales de pueblos finiquitados cuando dejaron de prestar el servicio para el que se crearon: es el caso de La Tabla, que se inauguró en 1896 con la línea de tren que recorría Tierra de Campos para transportar cereales, y se despobló en 1985, cuando dejó de circular el ferrocarril. Igual caso es el de poblados vinculados a infraestructuras hidroeléctricas, como Salto de Castro, que se alzó en 1946 para alojar a las familias de obreros que construyeron la presa y cuando se instalaron los controles remotos, en 1989, quedó vacío. Hoy, el abandono se adueña de un pueblo que tenía de todo, desde iglesia, hasta escuelas, bar, consultorio médico, hotel, piscinas, tiendas… e incluso cuartel de la guardia civil.

Jairo está convencido de que en estos pueblos abandonados podrían tener otra oportunidad. Algunos, como Santa Cruz de los Cuérragos, acogen ahora una casa rural, “y muchos otros poseen un potencial enorme para rutas turísticas”, explica. Estos núcleos despoblados y los parajes que los rodean tienen muchos tesoros por descubrir, “no porque conserven cosas valiosas, porque lo poco que había hace mucho que desapareció, sino por su belleza y la historia que ocultan”, puntualiza el autor de este libro, al que le parecería muy interesante que se hicieran recopilaciones parecidas en otras provincias de Castilla y León.

 

El libro puede adquirirse en  http://www.semuret.com/

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