Marcelo Mozo, ganadero

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Marcelo nació hace 39 años en Bermillo de Sayago, y allí sigue teniendo su casa, su familia y su explotación. «Lo más duro de la profesión es lo que no puedes controlar: la burocracia, los falsos positivos en saneamiento y los precios», afirma.

C.R./ T.S.N.

Marcelo nació hace 39 años en Bermillo de Sayago, y allí sigue teniendo su casa, su familia y su explotación. Contra lo que es corriente en esta profesión, su padre no fue ganadero, aunque sí le gustaban los animales y llegó a tener ovino y alguna vaca; la vocación de Marcelo nació más tarde, de forma meditada, puesto que antes de llegar a la ganadería fue militar durante varios años.

Empezó más o menos con el cambio de siglo, en el año 2001, “primero con ejemplares de parda alpina, luego probé con cruces diferentes y en los últimos tiempos me estoy centrando en el charolés. En la actualidad el objetivo es producir calidad; los tiempos de la cantidad han pasado a la historia”, señala este zamorano, que hoy cuenta con setenta cabezas adultas, aunque su objetivo es ampliar “un poquito más” para que su ganadería alcance la dimensión ideal.

Su jornada empieza a las 7:30 y no termina hasta que no se pone el sol. Es una zona no concentrada, con parcelas muy pequeñas que obliga a manejar lotes de 10 ó 15 vacas: “trasladarse de un lado a otro para alimentarlas y comprobar que no hay ninguna enferma o recién parida consume mucho tiempo”, indica. Además, hay que atender la agricultura, enfocada principalmente al autoabastecimiento de forraje.

 “Lo más duro de esta profesión lo que no puedes controlar, como las trabas burocráticas, los falsos positivos en las campañas de saneamiento, o el mercado: siempre estamos pendientes de los precios y de si viene el barco y carga o no”, explica Marcelo, al que no importaría que sus hijos, dos pequeños de 4 y 6 años, siguieran en la profesión. “Pero solo si les gusta. A mí mi padre me dejó elegir, y así lo haré yo con mis hijos, porque como estés mal en el trabajo no vives”, sentencia.

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